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martes, 2 de julio de 2013

LA HABITACIÓN DEL MUNDO

Hoy he empezado a soñar con la ciudad de París. He soñado con sus dedos entre los míos, paseando por sus calles. Esas calles en las que alzas la vista y te encuentras con la Torre Eiffel de fondo. El balcón del hotel daba vistas a la ciudad de Roma. El Colisseo era icreíble desde ese balcón. Veías como los gladiadores se enfrentaban entre ellos. Según nos íbamos juntos a la bañera podíamos contemplar como Colón llegaba a tierras americanas en sus tres naves. Al grito de "¡Tierra a la vista!" los marineros corrían a la proa deseando llegar y tocar la arena.

La puerta al mundo.
Según salíamos por el portal del hotel llegábamos a la Gran Muralla China. Nos gustaba dar largos paseos por ella. Si girabas la vista a la izquierda te encontrabas con el Big Ben marcando las seis en punto, el London eye y el Támesis cruzando la muralla. Si mirabas a la derecha podías subir en una góndola y surcar los diferentes canales de Venecia para contemplar los grandes palacios cuya puerta daba al agua. En cambio, si fijabas tu vista al horizonte no observabas más que un larguísimo camino hasta la Ciudad Prohibida.

Todos allí decían que era mejor no mirar hacia atrás, aunque alguna mirada era necesaria echar. Encontrabas la parte sangrienta de la historia. Aquella que no hay que repetir pero que hay que conocer.

Mi sueño terminó de vuelta en París. Para ser concretos, en la parte más alta de la Torre Eiffel. Contemplando la Luna apoyada en su hombro.

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