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lunes, 8 de julio de 2013

LA VIDA DE UN RAYO DE SOL

Tiendas de música. Sonrisas reflejadas en escaparates. Corazones rotos. Gorriones revoloteando por el cielo azul. Gente corriendo sin parar. Miradas vacías que se cruzan. Palabras que se pierden entre las pisadas de la muchedumbre. Historias de dos y de nadie más. Rayos de luz que nos dan la vida.

Pablo se encontró a Claudia en una de las callejuelas de Madrid. No podía mediar palabra. Estaba preciosa. Un rayo de Sol le daba en uno de sus tímidos ojos. Provocaba en su iris un color mágico. Claudia creyó verle, pero no pudo girarse y mirarle a la cara. Seguían con los corazones rotos. Nadie sabía su historia, tan solo ellos dos y un rayo de Sol que atravesó la ventana mientras reían en la cama.

La pequeña Raquel estaba entusiasmada por el vuelo de los gorriones. Gritaba "¡Pío pío!" y hacía que volaba. Le queda mucho por aprender y desilusionarse, sobretodo cuando conozca que no puede volar. Tenía 5 años y sus padres no eran capaces de decírselo. Era su mayor pasión, el poder volar. Un día paseaban por la calle y se cruzaron con una tienda de música. Un gran piano ocupaba gran parte del escaparate. Raquel se quedó pegada al cristal, sonriendo, asombrada con el elegante instrumento. Un rayo de sol quería aprender a tocar el piano y no dudó en apoyar sus luminosos dedos por las teclas.

Los viajes de un joven rayo de Sol.

Ese rayo de Sol decidió viajar al metro. Allí la gente estaba vacía. Iba todo el mundo absorto, sin mediar palabras entre ellos. Se cruzaban las miradas entre y no expresaban ni alegría ni tristeza, simplemente vacío. Las pocas palabras que se oían, se perdían entre los ruidos que emitían los trenes y las pisadas. Decidió el rayo viajero, que era el momento de morir, entrando en uno de los túneles del metro y perdiéndose entre la oscuridad.

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